Con Evo Morales se gestó una reconfiguración territorial, protagonizada por los primeros decomisos de droga en madera y el incendio de 2019, superado por el de 2024, cuando explotó la cocaína líquida en productos forestales. A esto se suma la deforestación.
Durante años, las investigaciones sobre medio ambiente y narcotráfico en Bolivia avanzaron por caminos paralelos.
Los incendios forestales, la pérdida de cobertura boscosa y la transformación acelerada del paisaje pertenecían al ámbito ambiental. Los decomisos de cocaína, las rutas internacionales y los informes sobre crimen organizado se analizaban desde una lógica completamente distinta.
Sin embargo, al superponer ambos mapas, aparece una coincidencia histórica que hasta ahora ha recibido poca atención: Mientras Bolivia registró los peores indicadores ambientales de su historia reciente, también comenzaron a aparecer los mayores hallazgos de droga asociados a rutas de exportación y, particularmente, a cargamentos vinculados a madera.
La coincidencia no constituye una prueba de relación causal. No existe evidencia pública que permita afirmar que los incendios o la pérdida de cobertura boscosa expliquen directamente los cargamentos de droga detectados en los últimos años. Pero sí existe una superposición temporal y territorial suficientemente significativa como para plantear preguntas legítimas de interés público.
La historia no comenzó con Luis Arce ni con Rodrigo Paz. Las primeras apariciones públicas de droga asociada a cargamentos de madera comenzaron a hacerse visibles durante los años de Evo Morales, en una etapa marcada por la expansión territorial y por una creciente importancia de Europa como destino del narcotráfico sudamericano.
Investigaciones de InSight Crime y de Global Initiative Against Transnational Organized Crime han documentado cómo las organizaciones criminales buscan cada vez más infiltrarse en cadenas comerciales legales y aprovechar infraestructuras legítimas —empresas, puertos, transporte terrestre, operadores logísticos y exportaciones— para mover mercancías ilícitas.

Mientras esas rutas se consolidaban, Bolivia ingresaba en una etapa de transformación acelerada del territorio. Los datos de MapBiomas muestran una pérdida sostenida de cobertura boscosa y una expansión continua de otros usos del suelo durante las últimas dos décadas. Esa transformación se concentró especialmente en Santa Cruz, Beni, Pando y parte de La Paz, departamentos que, según las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística (INE), también concentran la mayor parte de las exportaciones forestales del país.
La coincidencia geográfica es llamativa porque esos mismos departamentos aparecen recurrentemente entre las regiones más afectadas por incendios forestales y por la pérdida de cobertura vegetal.
Global Forest Watch reportó que 2024 fue el peor año de la historia reciente para Bolivia. El país perdió alrededor de 1,5 millones de hectáreas de cobertura forestal y se convirtió en el segundo país con mayor pérdida de bosques del mundo, solo por detrás de Brasil.
Más de la mitad de esa pérdida estuvo asociada a incendios forestales, un fenómeno favorecido por la sequía y por las quemas que terminaron convirtiéndose en megaincendios. Las cifras del World Resources Institute muestran que se trató del peor registro observado desde que existen mediciones comparables.
La relación entre incendios y pérdida de cobertura tampoco aparece como fenómenos aislados. Investigaciones internacionales sobre la Amazonía y la Chiquitanía muestran que las áreas afectadas por el fuego suelen coincidir con zonas previamente desmontadas o sometidas a transformación territorial. Estudios del programa MAAP y análisis del World Resources Institute describen un patrón recurrente en el cual la expansión agrícola, el desmonte y las quemas terminan convergiendo sobre las mismas regiones.
Fue precisamente en esa misma ventana histórica cuando comenzaron a aparecer los mayores hallazgos vinculados a rutas bolivianas. En enero de 2024, autoridades bolivianas anunciaron la incautación de 8,8 toneladas de cocaína ocultas en pisos de madera con destino a Países Bajos. Reuters informó que se trató del mayor decomiso registrado hasta entonces en la historia del país y que el valor del cargamento en Europa podía superar los 500 millones de dólares.
La coincidencia temporal resulta difícil de ignorar. En un mismo año, Bolivia registró el mayor decomiso de cocaína oculto en madera de su historia y, al mismo tiempo, los peores indicadores ambientales observados por los sistemas internacionales de monitoreo.
Las investigaciones de Europol y de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) han advertido que las organizaciones criminales han desarrollado estructuras cada vez más diversificadas y sofisticadas, con una creciente capacidad para infiltrarse en economías legales y aprovechar sectores con menor trazabilidad. La literatura especializada no establece una relación automática entre actividades forestales y narcotráfico, pero sí señala que las cadenas comerciales complejas y las economías extractivas pueden convertirse en espacios vulnerables para la infiltración de redes criminales.
La escala volvió a cambiar en 2026. Apenas seis meses después del inicio del gobierno de Rodrigo Paz, autoridades chilenas reportaron el hallazgo de aproximadamente 108 toneladas de droga asociadas a 1.080 toneladas de madera distribuidas en 45 contenedores con destino a mercados de Europa, América y Oceanía. La Tercera describió el caso como una incautación sin precedentes para Chile.
Desde una perspectiva metodológica, sin embargo, todavía resulta prematuro establecer comparaciones ambientales con la nueva administración. A diferencia de los años anteriores, aún no existe una serie suficientemente larga para evaluar incendios o pérdida de cobertura boscosa durante la gestión de Rodrigo Paz. Lo que sí muestran los registros disponibles es que la escala de los hallazgos vinculados a madera volvió a dispararse.
Vista en perspectiva, la secuencia muestra una evolución. Durante el gobierno de Evo Morales comenzaron a hacerse visibles las primeras apariciones públicas de droga asociada a cargamentos forestales y se profundizó la transformación territorial del país. Bajo Luis Arce coincidieron los peores registros ambientales de la historia reciente con el mayor decomiso boliviano de cocaína oculto en madera. Y bajo Rodrigo Paz, aunque todavía es demasiado pronto para medir el impacto ambiental de su gestión, la magnitud de los hallazgos asociados a madera volvió a romper todos los récords conocidos.
La historia que emerge de estos datos no es la de una relación demostrada entre devastación ambiental y narcotráfico. Es, más bien, la historia de dos mapas que rara vez se estudian juntos.








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