Por: Silvana Vincenti
Si se compras un campo que ya está listo para cultivar, se paga el precio caro. La verdadera ‘oportunidad’ (lo que los financieros llaman «valor oculto») está en comprar tierra catalogada como de «vocación forestal».
¿Por qué? Porque el mercado la vende muy barata pensando que la ley prohíbe tocar el monte. Pero la realidad de nuestro país es otra: En Bolivia, el sistema permite que todo se «habilite» si se sabe cómo moverse.
La ganancia está en aprovechar esa brecha: Comprar a precio de monte virgen porque «no se puede tocar», y gracias a la permisividad del sistema, esa tierra se convierte en agrícola y vale diez veces más. La etiqueta de «forestal» no es un problema, es el triste descuento que permite entrar al negocio.
Arbitrajes
Por todo lo dicho hay que anular los arbitrajes, las tasas fijas reguladas y, por ende, la tierra regalada. Sobre lo que llamamos arbitraje,
imaginemos dos ventanillas:
- La del Gobierno (precio artificialmente barato)
- La de la calle (precio real de mercado)
El arbitraje es simplemente comprar en la ventanilla 1 y vender (o valorar) en la ventanilla 2. Esa diferencia de precio es una ganancia automática y sin riesgo.
Tasas reguladas: Si el Gobierno fija una tasa de crédito del 10%, pero la inflación real es del 50%, entonces el Gobierno está regalando plata.
En este caso, el arbitraje es sacar el crédito barato, comprar dólares o mercadería, y esperar. La deuda se «licúa» sola con la inflación, es decir, se ganó plata solo por tener acceso al crédito, no por producir.
Tierra barata: Si se consigue tierra del Estado a precio «político» (muy bajo), el negocio no es necesariamente cultivar bien, el negocio ya se hizo al momento de firmar la compra.
El arbitraje es pagar 10 pesos por algo que en el mercado vale 100. Esa ganancia instantánea es el arbitraje. En resumen: El arbitraje es la ganancia que se obtiene, y no por trabajar más o ser más eficiente, sino simplemente por aprovechar un precio mentiroso (distorsionado) que puso el Estado.





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